
La noche de reyes siempre ha sido mágica para niños y mayores. Para unos más que para otros, porque hay personas que no pueden permitirse más que un peluche (adoro los peluches) o un detalle que no se compara con muchos otros regalos. Pero es un regalo.
Cuando yo era pequeña, recuerdo una noche en la que me asomé a la ventana y crei ver huellas de camello. Las vi, lo sé que las vi… y la ilusión permaneció toda la noche… incluso cuando oias los pasos de los reyes subiendo por las escaleras y te los imaginabas vestidos con sus capas de terciopelo azul… y luego disfrutando de las pastas y la leche que los habias puesto. Y tu mente se iba a los regalos que te esperaban al día siguiente.
El otro día fui a la cabalgata con un amigo y lo cierto es que, aunque al principio siempre actuas de forma despectiva… a mi me entra la vena infantil y las ganas de poder ser tan inocente como los niños, que disfrutan cada noche de reyes con esta ilusión. Ojalá el mundo tuviese más noches inocentes y tan llenas de ilusión como esta…


